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Misión
 
"INCULTURAR EL EVANGELIO Y EVANGELIZAR LAS CULTURAS EN LOS ALBORES DEL TERCER MILENIO SUPERANDO LA RUPTURA ENTRE FE Y CULTURA, ENTRE EVANGELIO Y VIDA COTIDIANA".


¿Qué se entiende por cultura?

La cultura es una dimensión fundamental de la vida del hombre. Es propio de la persona humana –afirma la Gaudium et spes- no llegar a la verdadera y propia humanidad si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores de la naturaleza. Se pone así en evidencia uno de los aspectos nucleares de la cultura: el cultivo. La misma palabra cultura tiene su raíz etimológicamente en el término latino colere, que significa precisamente cultivar. ¿Qué es lo que se cultiva? La Gaudium et spes habla de los bienes y valores de la naturaleza. Se trata, en primer lugar, de la naturaleza humana, es decir del cultivo personal en vistas al perfeccionamiento de la propia naturaleza. Y, en segundo lugar, de la naturaleza externa al ser humano, en medio de la cual habita y se desenvuelve.

La cultura aparece como el camino específico del hombre para desplegarse y perfeccionarse según su fin último. La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre –dice el Papa Juan Pablo II-, “es” más, accede más  al “ser”. ¿Qué significa que el hombre acceda más al “ser”? Con esta expresión se quiere indicar que de lo que se trata es que el ser humano cultive su naturaleza según el sentido de su existencia, que llegue a ser más lo que debe ser, y alcance así lo que la Gaudium llama su “verdadera y propia humanidad”. Desde esta perspectiva la cultura viene a ser como la prolongación de la naturaleza humana y, al mismo tiempo, el vehículo para el cumplimiento de sus finalidades. Por ello se dice que es cultivo de dicha naturaleza, y por ello también que exige un doble movimiento. De un lado, la cultura debe ser fiel a la naturaleza. Y de otro, debe perfeccionarla. Así entendida, la cultura viene a ser consecuencia y expresión del equilibrio en la persona entre la permanencia en el “ser” y su necesario despliegue. Es desde esta perspectiva que se puede afirmar que la cultura manifiesta a la naturaleza y la lleva a su perfección. La cultura tiene pues su origen y sustento en la naturaleza humana y se explicita y desarrolla en expresiones concretas –espirituales y materiales-.

Pero además la cultura es también expresión de la relacionalidad en cuanto dimensión intrínseca del ser humano, y por lo tanto de las relaciones concretas que establece en busca de su despliegue y plena realización: consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. De ahí que la cultura pueda ser descrita como el modo particular que tienen las personas de una comunidad de cultivar estas relaciones. La manera peculiar como se plasman y realizan esas relaciones es lo que genera el “estilo común” que caracteriza a un grupo humano.

La cultura se constituye como un “estilo común” y tiene un cierto carácter objetivo que se distingue de la persona individual concreta. De ahí que pueda ser entendida también como entorno o morada que se configura de modo dinámico a partir de sus diversas dimensiones de relacionalidad y que se manifiesta en todo aquello que es cultivado por la persona. El ser humano crece en ese entorno y a través de él recibe el patrimonio del pueblo al que pertenece, aprendiendo así distintas conductas y maneras de pensar en su relación con los demás y con la realidad. Este patrimonio expresa los diversos aspectos o dimensiones de la persona humana, ser bio-psico-espiritual. Así pues, la forma como se produce ese “humanizar” la naturaleza lleva a que se constituyan ámbitos definidos e históricos, en los cuales están insertos los hombres y de los cuales obtienen los bienes para promover la civilización humana. Se configuran de esta manera diversos tipos de “culturas” que facilitan o dificultan, según los casos, el proceso de desarrollo y despliegue de las personas, y que se van transmitiendo de generación en generación. Para un recto despliegue del ser humano se requiere que la cultura se configure en fidelidad a la naturaleza y fin del hombre. Es entonces cuando se da una verdadera y genuina cultura. Por lo dicho se entiende más claro que la configuración de la cultura es indesligable de la búsqueda de la verdad.

Una auténtica cultura supone y exige pues una visión integral del ser humano, que no mutile ninguna de sus dimensiones –biológica, psíquica y espiritual-, ni les dé un orden que no les corresponde. Esta visión integral del hombre reclama reconocer siempre la base antropológica y ética de toda cultura verdaderamente humana, que es el reconocimiento de que el ser humano tiene una condición distinta y superior en todo al mundo que lo rodea. (Ver “El Desafío de la Tecnología, más allá de Icaro y Dédalo” de Doig Klinge, Germán.)

 
 
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